Por Viko Hernández Olivares
Hace ya varios décadas Neil Young lanzó una consigna: “Rock and Roll can never die” y todas aquellas generaciones que han disfrutado de dicho género lo sostienen con motivo de orgullo y placer. Al ser penado y criminalizado por lo que denominados políticamente correcto, el rock logró sobrevivir desde las profundidades y precariedades con las que nació y sigue padeciendo.

Por ahí pasaron el punk, el progresivo, el grunge y un sinfín de subgéneros que se han relacionado de manera inmediata con éste tipo de música. El presente siglo significó una mayor apertura en todas partes del mundo, pero al mismo tiempo se tergiverso lo que originalmente se propone el rock: incomodar. Todos aquellos que encontramos en la música un escaparate a la cotidianidad, también buscamos respuestas y reclamos a las múltiples injusticias que presenciamos día a día.

No por nada, encontramos al rock incomodo, subversivo y contestatario; algo que te haga liberarte, con la adrenalina al máximo. Sentir y apreciar los sonidos de una guitarra, la densidad de un bajo, la espesura de un teclado o lo potencia de una batería; son de las cosas que más podemos disfrutar en la vida. Ni hablar de asistir a un concierto, una comunión con tu artista favorito que te acompaña en tu día a día y haces de su música un modo de vivir y de pensar.

Pero se han preguntado, ¿en dónde está parado el rock actualmente?, pensamos que al contar con un sinfín de alternativas para el consumo de música lo tenemos ahí, presente, con la originalidad con la que lo conocimos. El eterno dicho de que “hay que dejar ir a los clásicos del rock” inunda las redes sociales y generan diversos debates. Si bien todavía tenemos el privilegio de escuchar lo que nos plazca, es un error hacerlo. Ellos son la esencia, el ejemplo, el referente.

Con la gran apertura que ha tenido en el presente siglo hemos visto como año con año se suman diferentes festivales y un innumerable cantidad de conciertos. Pero ello no quiere decir que evolucione, sino que meramente se consume, no se reproduce de fondo. Todos los adolescentes que crecieron y crecen escuchando rock, no encuentran esos nuevos referentes que los hagan creer y sentir.

La comercialización de la música ha sobrepasado el fondo de lo que realmente buscamos al conocer una banda. Mucho de ello también tiene que ver con el nuevo público, quienes se preocupan más por la apariencia, por lo frívolo y que no exigen algo nuevo, que haga honor a lo que tantos años le costó construir a cientos de bandas y personajes que definieron el rumbo de lo que para miles de personas alrededor del mundo es un estilo de vida.

El rock no puede morir, eso es claro, pero se le tiene que dar vida; tanto bandas como su público se deben de reinventar. Dejar de ser inofensivos y complacientes no significa ser meros grilleros, sino expresar lo que tú sientes y piensas, algo, que le dio significado al rock y que pocas personas lo comprenden. Un movimiento que revoluciono la forma de pensar y de sentir la vida, y que unió a cientos de personas sin importar cuestiones superficiales.

¿Cuál es nuestro rock?, quizá en unos años nos lo preguntemos o trataremos de contestar a las nuevas generaciones. Y nuevamente, tendremos que irnos años atrás para mencionarlo a fondo. Ojalá y no sea así, y que en estos momentos en algún garaje, de alguna parte del mundo, tomen una guitarra, un par de baquetas y un micrófono; y que entiendan, que el rock no es apariencia, sino esencia, y es algo que sentimos y vivimos todos los días.